El 9 de agosto de 2005 organizamos la celebración del Día Internacional de los Pueblos Indígenas (DIPI) por primera vez en República Dominicana (RD). Para esa ocasión preparé una conferencia titulada “Lo femenino en lo taíno”, que impartí nuevamente en RD en octubre de ese año, y en Londres en marzo de 2008.
Tras la actividad del DIPI, elaboré un resumen que se publicó en el periódico Listín Diario.
Para esta entrada de la web, he elaborado el resumen que pongo a continuación, al que he querido añadir una bibliografía.
Lo femenino en lo taíno:
religión, mitología, sociedad, sexualidad, historia, poesía y magia
En la isla que comparten República Dominicana y Haití, antes de la llegada de los españoles, las mujeres y lo femenino tenían presencia en muchos ámbitos del vivir diario y del sentir espiritual. Con el descubrimiento se impuso una concepción patriarcal que relegó la memoria de ese femenino.
A continuación, se intentan recuperar algunos elementos de aquel femenino perdido. La exposición se inicia con una breve introducción sobre el nombre de la isla y la palabra taíno; y está dividida en seis partes: religión o deidades; mitología; la sociedad taína previa; la sexualidad; la historia; poesía y magia.
Lo Femenino en lo taíno
ToggleIntroducción
La actual isla de La Española tuvo dos nombres durante el período taíno. Pedro Martir de Anglería atribuye a esta isla el nombre de Quisqueya (o si hubieran tenido grafías quizás se hubiera escrito Kiskeya) que en taíno significaba “cosa grande que no la haya mayor”, “grandeza”, “universo”, “todo”, como el Pan griego. El gran lingüista dominicano Emilio Tejera le atribuye el nombre de Haití (o en su grafía, quizás, Ayití) que en taíno significa “tierra alta”. En mi opinión, Kiskeya, nombre femenino, sí era el primer nombre de esta isla. Con el tiempo, las incursiones de otros pueblos y, sobre todo, tras la llegada de los españoles, los taínos empiezan a “volar hacia sus montañas”, esas que cobijaron al último gran rebelde, Guarocuya, y prevaleció el nombre de Ayití.
El término “taíno” lo define Tejera, como “hombre de bien. Bueno […] Hoy se usa esa voz para designar a los antillanos de raza arahuaca y a su lengua. El Prof. Félix Pérez Sánchez dice que ‘es un error etnológico llamar taínos a los arahuacas’. Realmente ningún autor antiguo aplicó ese vocablo con tal acepción, pero hoy está tan generalizado su uso […] que se ha impuesto a pesar de ser evidente error”. En otras culturas aborígenes de América también existe la palabra taíno. En guaraní, una de las lenguas del Amazonas, también de la familia arahuaca, taihin significa gente de raza o gente de linaje y en aimará, lengua del pueblo amerindio que habita junto al lago Titi Caca, significa primogénito. Taíno no era, pues, el nombre de los indios que habitaban esta isla, sino que era una simple palabra en su lengua que significaba persona de bien. No obstante, la magia que nace del olvido de los datos fácticos es la que nos lleva a denominarlos tainos, es decir, seres buenos. El Diccionario de la Lengua Española define aborigen como “originario del suelo en que vive. Dícese del primitivo morador de un país, por contraposición a los establecidos posteriormente en él”. Los taínos fueron, pues, los aborígenes de la isla de Ayití, luego La Española, luego dividida en dos países.
Fray Bartolomé de las Casas quien llegó a Ayití en 1502 escribió: “…tanto son gente de amor y sin codicia y convenibles para toda cosa que certifico a Vuestras Altezas, que en el mundo creo que no hay mejor gente, ni mejor tierra; ellos aman a sus prójimos como a sí mismos y tienen un habla la más dulce del mundo y mansa y siempre con risa”.
1. Religión
Las deidades de la religión primitiva en Ayití (por religión se entiende “el conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad”) nos han llegado a través del legado del fraile jerónimo catalán Ramón Pané, que llegó a Ayití en el segundo viaje de Colón (1494) en su genial opúsculo “Relación acerca de las antigüedades de los indios”, que supone la primera recopilación etnológica escrita en el Nuevo Mundo. Entre los estudios posteriores sobre esta cuestión cabría destacar los del gran lingüista estructuralista cubano José Juan Arróm, sobre todo su “Mitología y Artes Prehispánicas de las Antillas” (1975).
Pané recoge en su prólogo que al dios supremo lo llaman “Yucahu Baguá Maórocoti”. De él dice que “creen que está en el cielo y es inmortal, y que nadie puede verlo, y que tiene madre, más no tiene principio”. Por un lado, estaría Yocahú que es el Espíritu de la Yuca. Por otro, Baguá, que es el nombre que los taínos daban al Mar Caribe, es el Espíritu del Mar. Lo más curioso es que los taínos no se quedaron ahí, sino que llegaron con su cosmogonía en la definición de su divinidad principal más allá que los occidentales o los chinos al introducir en su concepto de Gran Espíritu una última matización. Esa matización se obtiene mediante la adición del término “Maórocoti”, que viene de “ma” que significa “sin” y “órocoti” que significa “abuelo”, según traducción de Arrom, lo que textualmente significa “sin abuelos”, es decir, la fuerza de la matrilinealidad. Así, los taínos incorporan al Gran Espíritu inmanente, la deidad suprema que todas las culturas aborígenes americanas tienen en su cosmogonía, expresamente en su denominación, un reconocimiento a su principio primigenio femenino y no ya el masculino, que con el tiempo se va perdiendo.
La madre de Yocahú era Atabey. Pané dice que “a su madre [de Yocahú Baguá Maórocoti] llaman Atabey, Yermao, Guacar, Apito y Zuimaco, que son cinco nombres”. Como señala el profesor portorriqueño Jalil Sued-Badillo “la madre del Dios principal […] tiene cinco nombres; el hijo sólo tres”. En la sociedad taína, según este profesor, el número de nombres que se adquiría en vida respondía a importantes mecanismos de diferenciación social. De ahí que se pueda deducir que para los taínos la Diosa Madre era más poderosa que el hijo. Esos nombres, siguiendo las diferentes traducciones, vendrían a convertir a esta Diosa en Diosa de las Aguas, La que está en el Origen, La Tejedora, Nuestra Luna (Fuerza de las Mareas), La Bondadosa. Es, pues, la Diosa que cuida del nacimiento, del agua, de la luna, de las mareas, de nuestra menstruación y de las tejedoras. En la cultura y lengua yoruba de los esclavos negros africanos que vinieron a esta isla en el siglo XVI esta deidad equivaldría a Yemayá.
Mientras a Yocahú, desde el punto de vista arqueológico, se lo asocia principalmente con trigonolitos, Atabey aparece bajo una gran variedad de representaciones ligadas a multiplicidad de funciones: rituales generales como cemíes de piedra para los altares, duhos o cinturones; rituales ligadas al rito específico de la cohoba como espátulas vómicas o inhaladores; ornamentales como collares, amuletos, sellos para pintarse el cuerpo; relacionadas con la fertilidad como trigonolitos, penes o piedras para el parto. Así mismo, Atabey aparece ligada a múltiples animales como la rana, la serpiente, el inriri, la iguana o el búho, todos ellos ligados a la fertilidad, a la vida o al ciclo vida-muerte-vida. En la siguiente imagen se aprecian diversas representaciones de Atabey fotografiadas en Miami en la colección privada de Alfred Carrada.

Guabancex es la Señora de los Vientos. A Guabancex le consagra Pané el capítulo XXIII. La describe como un cemí mujer que cuando “se encoleriza hace mover el viento y el agua y echa por tierra las casas y arranca los árboles”. Arrom señala que “es sabido que hacia fines de verano y principios del otoño se forman los huracanes que hoy se ha dado en identificar, por extraño misoginismo, con nombre de mujer […] Y el taíno, por curiosa coincidencia, también las identificaba como obra de una airada divinidad femenina a la que llamaba Guabancex”.
Estas serían, en mi opinión, las tres fuerzas principales de la trilogía taína.
El hinduismo, religión de la civilización védica que se estableció en el valle del Indo alrededor del 1.200 a.C. –curiosamente la misma fecha que arroja para las civilizaciones que se asentaron en Ayití el hallazgo arqueológico de Bayaíbe de 2005-, también tenía una trilogía de fuerzas en la cúspide de lo sagrado: Brahma, Vishnu, Shiva, que encarnan tres fuerzas: la creación; la conservación y la destrucción. Aquí podríamos avanzar un breve paralelismo. La fuerza creadora sería la femenina (Brahma, Atabey), la fuerza conservadora sería la masculina (Vishnu, Yocahú) y la fuerza de la destrucción sería la tarea de la energía neutra (Shiva, Guabancex). Esa tercera fuerza podría ser la fuerza en la que imbricar a homosexuales y lesbianas, es decir, sería una subfuerza bajo la protección de lo femenino que nacería con la tarea de cambiar los esquemas preexistentes caducos.
2. Mitología
La mitología taína (por mitología se entiende “la narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico”) es muy rica. En relación con lo femenino cabría destacar, por un lado, el mito de la creación de la mujer y, por otro, el mito de la ciguapa.
El mito de la creación de la mujer se podría recrear a partir de los capítulos II, VII y VIII de Pané y de las interpretaciones del portorriqueño Ricardo Alegría del siguiente modo:
Érase una vez un gran taíno llamado Guahayona, que estaba molesto porque uno que había enviado a recoger la hierba llamada digo, no regresó. Así, Guahayona decidió salir de la cueva Cacibajagua y le dijo a las mujeres: “Dejad a vuestros maridos e hijos y vámonos a otras tierras”. Las mujeres le siguieron, marcharon todas de Ayití y tras un largo viaje llegaron a la isla de Martininó, donde dejó a todas las mujeres.
Los hombres de Ayití querían mujeres y se las pedían a los cielos. Un día, mientras se lavaban, vieron caer de algunos árboles, bajándose por entre las ramas, una cierta forma de personas, que no tenían sexo de varón, ni de hembra, las cuales fueron a cogerlas; pero huyeron como si fueran anguilas. Llamaron a cuatro caracaracoles, personas con una enfermedad que les hacía la piel muy áspera. Los caracaracoles las cogieron. Después que las hubieron cogido, tuvieron consejo sobre cómo podían hacer que fuesen mujeres, puesto que no tenían sexo de varón, ni de hembra.
Buscaron un pájaro que se llama Inriri, que agujerea los árboles. E igualmente tomaron a aquellas mujeres sin sexo de varón, ni de hembra, y les ataron los pies y las manos, y trajeron el pájaro mencionado y se lo ataron al cuerpo. Y este, creyendo que eran maderos, comenzó la obra que acostumbra, picando y agujereando donde ordinariamente suele estar el sexo de las mujeres. Y de este modo dicen los indios que tuvieron mujeres.
Sobre este mito, se podría aventurar que lo de Martininó es seguramente un hecho verídico que explica porqué en esa isla –se cree que es la actual Martinica- vivían las mujeres guerreras, lesbianas y auto-suficientes, que sólo tomaban hombre para engendrar y si los hijos nacían varones eran sacados de la isla para devolverlos a los padres. Esto podría ponerse en relación con el mito griego de las amazonas y con Safo, la gran poetisa de la isla de Lesbos, que vivió en el siglo VII a.C., a quien Sócrates llamaba “la hermosa”, que estuvo casada, tuvo una hija y creó una hermandad de mujeres para buscar el amor a través de la delicadeza. Safo, y por extensión su hermandad, está en el origen del término lesbiana, prima hermana de las mujeres de Martininó.
En cuanto a la ciguapa, fue Javier Angulo Guridi quien primero escribió una novela sobre esa figura mítica en 1866. Manuel Mora investigó, con verdadera devoción, este mito y ahí queda su artículo sobre “Indias, Vien Vienes y Ciguapas: Noticias sobre tres tradiciones dominicanas” publicado en la revista EME-EME en 1974 y su novela “Goeiza”, Premio Siboney 1979. En 2005, el arqueólogo Gabriel Atiles publicó en internet: “Génesis de un mito. La Ciguapa a 139 años de su documentación escrita. Análisis de la percepción y transformación del mito”. Atiles afirmaba que “lo cierto es que la Ciguapa es una leyenda de casi todo el país”; aunque “no existe nada en la tradición rupestre que nos hable de la ciguapa”.
El mito se podría recrear como sigue:
Cuentan los ancianos que existen mujeres hermosas, llamadas ciguapas, de pequeña estatura, tez morena, ojos negros y rasgados; con los cabellos suaves, lustrosos y tan largos que son la única vestimenta de sus cuerpos; con las piernas largas y delgadas; y con los pies hacia atrás. Algunas hasta estarían bellamente emplumadas.
Las ciguapas serían mujeres salvajes, que poseerían poderes mágicos, a pesar de los cual serían completamente inofensivas y sumamente tímidas -llegando incluso a asustarse de la gente-. Las ciguapas habitarían en las montañas, generalmente en cavernas montañosas, aunque también se las podría localizar en los charcos de los ríos en las noches de luna nueva.
Las ciguapas tendrían un corazón cazador y saldrían por las noches de las serranías en busca o bien de manteca y carne cruda o bien en busca de algún caminante nocturno al que embrujar, amar y luego matar. Si se la mirara a los ojos, embrujaría con su poder y si el hombre respondiera a su canto, estaría perdido para siempre. Encontrarse con una ciguapa podía significar ser amado de una manera incomparable, pero también ser enajenado de lo conocido para entrar por siempre en el mundo oscuro y nocturno de las ciguapas.
Las ciguapas sólo podrían ser capturadas con un perro blanco y negro, con patas de cinco dedos, en noches de luna llena.
Personalmente, creo que, aunque en la recopilación de Pané no se mencione específicamente a las ciguapas por ese nombre, sí podría estar aludiendo a ellas en el prólogo cuando dice que: “Y creen que los muertos se les aparecen por los caminos cuando alguno va solo; porque, cuando van muchos juntos, no se les aparecen”. Ya en aquella época existía esa superstición-miedo a la noche en soledad y a lo desconocido… y con el tiempo el acecho materializó en una mujer mágica… ¡Cómo no! Lo mágico siempre fue femenino.
3. Sociedad
La sociedad taína era una sociedad de clases, como la sociedad hinduista, en cuya cúspide estaban los caciques o cacicas/caciquesas; le seguían los nitainos; la masa del pueblo que se podría denominar taínos; y, por último, los naborías, que servían al resto.
Creo que el concepto de clase social entre los taínos no estaba únicamente cimentado en la riqueza material o posesiones. De lo poco que se recogió verdaderamente de ellos en la época, se puede deducir que la fuerza y la evolución espiritual eran criterios importantes para la selección natural de sus guías y para la estratificación de sus clases sociales.
Siguiendo máximas atribuidas al filósofo de la antigüedad greco-egipcia, Hermes Trimegisto, en el “Kybalión” y, en concreto, el “principio de correspondencia” que recoge que “como arriba es abajo, como abajo es arriba”, se puede afirmar que, así como los dioses tenían en Ayití una preeminencia femenina, también la sociedad tenía una preeminencia matrilineal.
El doctor Marcio Veloz Maggiolo en su “Arqueología Prehistórica De Santo Domingo” dice que “el matrimonio monogámico y la sucesión matrilineal predominaban en la sociedad taína”. También afirma que “la mujer tenía sobre sus espaldas el mayor trabajo”.
4. Sexualidad
Jalil Sued afirma que: “Fray Bartolomé de las Casas dedicó tres capítulos de su Apologética Historia a demostrar la ‘superioridad’ de las costumbres sexuales indígenas sobre las de muchos pueblos de otras partes del mundo”.
La mujer taína tenía libre acceso al sacerdocio, a la dirección de la sociedad y a una sexualidad libre. La cultura española que vino a imponerse, dominada por el ideario católico, se había cerrado progresivamente a ello.
La Iglesia Católica ya para entonces le había dado tres estocadas mortales a lo mágico-femenino. Primera, eliminado a las mujeres del sacerdocio y relegándolas a siervas de esa Iglesia (siglo III con la consideración de los gnósticos -grupo cristiano que aceptaba tanto a hombres como mujeres para el sacerdocio- como herejes). Segunda, eliminado del corpus doctrinal de la Iglesia la reencarnación o metempsicosis, lo que tuvo lugar en el año 553 durante el Segundo Concilio de Constantinopla. Al ser la reencarnación una explicación “mágica”, que trasciende lo que la mente patriarcal y lineal puede aprehender, resultando, por lo tanto, peligrosa, pues escapaba al control del hombre, fue suprimida. No hay que soslayar tampoco el hecho de que nacer se nace siempre de una mujer. Tercera, prohibiendo de manera definitiva el matrimonio de los sacerdotes durante el Primer y Segundo Concilio Laterano, 1123 y 1139. Al decretar la desvinculación absoluta entre el sexo y lo sagrado y demonizar la sexualidad, se castró en Occidente la capacidad de fluir y jugar con el sexo, creándose, fomentándose y difundiéndose muchas situaciones atípicas y enfermizas.
Comparando esta demonización de la sexualidad y su alejamiento de lo sagrado con la concepción taína se puede entender mejor el abismo. Estas dos percepciones tan diferentes de lo femenino, la sexualidad y lo mágico entre la cultura que reinaba en Ayití y la que llegó de fuera fue el sustrato que convirtió el encuentro en un choque de civilizaciones trágico.
5. Historia: Anacaona
Lamentablemente, no existe ninguna investigación histórica rigurosa sobre la figura de Anacaona (o, si existe, no la conozco). El gran historiador dominicano Demorizi no recoge ni siquiera el nombre de Anacaona en ninguno de sus índices. Y, sin embargo, Anacaona fue, a la muerte de su hermano, la cacica/caciquesa de Jaragua, el cacicazgo políticamente mejor estructurado de todo Ayití. Así mismo, hay quien opina que a la muerte de su esposo Caonabó, Anacaona pasó a ser la cacica de Maguana. Por el sur había otra gran caciquesa, Higuanamá. Juntas las dos tenían bajo el control de lo femenino el sur de la isla.
La figura de Anacaona se encuentra reflejada en novelas históricas como “Enriquillo” (1882) de Manuel de Jesús Galván; y “Anacaona. La Reina del Nuevo Mundo” (2003) que el abogado Fernando Hernández Díaz escribió para honrarla en el quinientos aniversario de aquel magnicidio.
Fernando Hernández narra cómo Anacaona batalló en la batalla de Jánico y fue la clave para liberar al resto de caciques; estuvo en la batalla de Guaco; y fue el único ser entre los caciques –quitando Guacanagarix que desde el principio se apoyó en los descubridores- que defendió hasta el final el diálogo con los llegados de fuera.
A Anacaona no sólo no se le ha dedicado ningún estudio histórico profundo y riguroso, sino que tampoco aparece en la mayoría de enciclopedias. Es triste ver que ella no aparece y, en cambio, sí lo hace, su sobrino, Guarocuya, eso sí, aparece bajo el nombre cristiano, Enriquillo. Quizás eso también haya influido: Anacaona nunca se convirtió al cristianismo: ella fue la Gran Reina y Gran Sacerdotisa, que llevaba a cabo sus rituales mágico-religiosos en una Cueva de un paraje cercano al actual Léogane, en Haití, a dos horas y media al oeste de Puerto Príncipe. Anacaona fue una Caciquesa que tuvo la suficiente dignidad como para no doblegarse espiritualmente ante los conquistadores.
En mi opinión, Anacaona guardaba muchas similitudes con Isabel I de Castilla. Ambas eran mujeres que sabían combinar la sabiduría de lo femenino con el temple de la acción masculino; las dos eran mujeres que habían integrado todo lo integrable dentro de su ser y eran completas y sabias.
A Anacaona la ejecutó Ovando en 1503, contra la voluntad de Isabel I de Castilla. Si Anacaona e Isabel, estas dos grandes mujeres, hubieran podido conocerse personalmente y unir la fuerza de sus femeninos sabios, quizás el desenlace del descubrimiento habría corrido por otros cauces.
El mismo año que Ovando ejecutó a Anacaona, 1503, los hermanos Trejo trajeron a Higüey la imagen de la Virgen de la Altagracia desde la pequeña aldea de Garrovillas en Extremadura (España), la misma región de donde provenía Ovando. Así se cerraba un círculo mágico.
Aquí me permito aventurar una hipótesis: que el espíritu de lo supremo femenino que encarnaba Anacaona en esta isla antes de la llegada de los españoles fuera a habitar en el corazón de la Virgen de la Altagracia, esa Virgen, Patrona de este país, que desde 1503 tomó el testigo en Ayití, amoldada a los cánones de la cultura del conquistador, pero siendo el adalid de la fuerza de lo femenino, lo mágico y lo milagroso. En la otra mitad de la isla, en el actual Haití, sólo pervive en sus ritos de vudú una imagen indígena: Anacaona.
6. Poesía y magia
Los taínos, como pueblo sensible y bondadoso, amaban la poesía. Hernández Pérez de Oliva en su “Historia de la invención de las Indias” (1528) dice que: “Estas fábulas, por falta de letras, tenían aquellas gentes notadas en versos medidos… Sabíanlas los sacerdotes y enseñábanlas a los hijos de los reyes para que en las fiestas las cantasen y destos las oían otros”.
Su habla “dulce siempre con risa” como la definía tomando prestadas palabras de Las Casas al inicio es muy apropiada para la poesía, pues para declamar se necesita mucha alegría y como yo escribí en cierto poema titulado “Fluir con la Fuerza del Amor”:
“Una fe que en esta isla
es canto, baile y risa,
pues aquí hasta las tristezas
se llevan con alegría”.
Parecería que Anacaona fue también una gran poetisa. El barón Emile Nau en “Histoire des Caciques de Haití” (París, 1894) la describe como “graciosa Reina e ilustre poetisa”. Esta cita está extraída de la novela de Fernando Hernández Díaz.
Concluyo con un poema que mi fantasía atribuye a Anacaona y que esta dirigiría a mi Reina Isabel (he buscado bajo el cielo y sobre la tierra algún rastro de algún poema que escribiera Anacaona, pero lamentablemente no he hallado nada). Tres palabras están en el diccionario de Indigenismos y otras dos forman parte del imaginario del crisol (aurijuna por extranjero; y guaitiao por los amigos del alma que sacralizan su compromiso juntando sus sangres…):
Aurijuna Isabel Extranjera Isabel
Isabel Aurijuna Isabel Extranjera
Guaitiao Isabel Hermana Isabel
Isabel Guaitiao Isabel Hermana
Atabey Bagua Diosa de lTierra y Mar
Bagua Atabey Diosa de Mar y Tierra
Atabey Maórocoti Diosa Matrilineal
Maórocoti Atabey Matrilineal mi Diosa.
Conclusión
Mágico sería también que las dominicanas tomaran conciencia de lo especial que es la feminidad que corre por sus venas y poco a poco fueran tomando posiciones en la sociedad y la política acordes con su gran valía.
Por ahora, las mujeres son las grandes proveedoras de remesas en este país, según los estudios del INSTRAW, el Instituto de la Naciones Unidas para la Investigación y Formación para el Avance de las Mujeres, único instituto de la ONU con sede en República Dominicana.
Hace falta que poco a poco el espíritu de Anacaona o de Altagracia vaya empoderando al resto de las mujeres.

Piezas de la colección privada de Alfred Carrada: colgantes de frente; duho o asiento ceremonial de madera; cinturón de piedra.
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