ODAM

En el curso académico 1986/1987 hice 3º de BUP (Bachillerato Unificado Polivalente), el penúltimo curso entonces de educación preuniversitaria en España (y que hoy equivale a 1º de Bachillerato). Lo hice en el Instituto Miguel Hernández de Alicante.

Ese año fue la primera vez (y creo recordar que la última) que presenté un cuento a un concurso literario, en concreto al concurso que organizaba la Asociación de Padres del instituto (el APA… en aquella época postfranquista aún se denominaba APA… con el tiempo y el avance de la democracia en España…las APA pasaron a incluirnos a las madres y a llamarse AMPA, Asociación de Madres y Padres)…

Pues bien, el APA/AMPA tuvo a bien darme el segundo premio literario en la modalidad de cuento. En el sobre con el premio iban este tarjetón de felicitación y un premio en metálico (no recuerdo bien, pero creo que eran 500 pesetas, unos tres euros y pico). Me hizo una ilusión enorme… ¡Mi primer premio! Ahí barrunté que de mayor me dedicaría a escribir… y sí, no iba del todo mal encaminada, he escrito mucho en mi vida, pero sobre todo he escrito informes, discursos, correos electrónicos… Nada que ver con aquel mi sueño de juventud de dedicarme a la literatura.

Teníamos que presentar el texto mecanografiado y eso hice. Lo escribí a mano y luego lo pasé a máquina con la máquina de escribir de mi madre. En esa época ya existían los ordenadores personales, pero era, sobre todo, en países como EE.UU. o Japón donde estaban más implantados. En España, al menos a mi casa, todavía no había llegado, así que seguía tocando usar la máquina de escribir.

Aquí subo la versión original de aquel texto que presenté mecanografiado, titulado ODAM.

Y aquí está el texto completo de aquel mi primer (y último) cuento premiado.

ODAM

Iba paseando lentamente por las calles sombrías, llenas de una luz tan tenue y difuminada que apenas se hacía patente a la vista. Llovía. Caía el agua. Un agua apenas perceptible, unas gotas ligeras. Yo iba recordando, al tiempo que mis pies avanzaban sin rumbo recorriendo las sinuosas callejuelas de aquella ciudad milenaria. Recordaba el día en que le conocí. Llevaba un largo abrigo negro, viejo, desgastado por el uso y su cara alargada me pareció misteriosa, incluso atractiva, pero no bella. Tenía unos inmensos ojos azules, cuya profundidad parecía un infinito sendero de dulzura… Cuanto más los miraba más me iban encandilando y apresando. Fue una mirada fugaz, un instante sin importancia, que yo más tarde engrandecí. Le di los dos besos de rigor e intercambiamos unas palabras de cortesía. Aunque ya estaba cansada de tener aventuras con amigos me di cuenta de que este desconocido me hacía vibrar de una manera muy especial. Él insistió en que nos viéramos y aprovechó las salidas a la hora del café para insinuarme una tentadora relación. Yo me negué. Solo me quedaría cinco días más en aquella ciudad. No merecía la pena… Siguió insistiendo y al final me dio un beso furtivo. Puso sus labios en mi frente y los deslizó suavemente por la nariz… hasta rozar mis labios. Sentí entonces un escalofrío y un placer incomprensibles, inexplicables. No lograba entender cómo un simple beso podía haberme producido aquella descarga emocional. Nos despedimos. Yo sin saberlo había sellado de algún modo mi vida.

Al día siguiente le volví a ver, estreché su mano y le abracé. Poco a poco iba sintiendo más cariño hacia ese ser misterioso y casi desconocido, del que solo conocía su loca pasión por el ocultismo.

Fueron cinco días de afianzamiento de una amistad teñida con pasión y ternura. Nos separamos sabiendo que no nos veríamos en mucho tiempo, pero teniendo la seguridad de que pasara lo que pasara esa chispa de afecto seguiría en el mismo lugar donde la habíamos dejado.

Al cabo de diez largos meses en los que ambos nos habíamos abandonado a los dulces placeres de los amoríos, se produjo el reencuentro. Yo casi había olvidado su rostro y apenas recordaba sus manías de misógino y nazista. Las cartas habían servido para no perder el contacto, pero en ellas no pudimos reflejar ese mundo interior que luchaba por salir, por plasmarse en un papel para dar cuenta al otro de la agonía del deseo. Le besé tímidamente sus labios carnosos, y mi nariz rozó la suya. Fue un deleite exquisito, como si probara un manjar exótico que hubiera quedado relegado al baúl de los recuerdos. Le sentí muy cerca de mí, como si ese paréntesis no hubiera pertenecido al mundo de la realidad, sino al de los sueños. Jugamos al amor en un frenesí de apasionamiento, como dos cachorros de león que se han extraviado y juegan para perder el miedo y la angustia que les produce el entorno. Éramos dos animalillos descontentos con el entorno, reticentes a las hipócritas muestras de afecto que nos procuraban los que nos rodeaban.

Allí le juré fidelidad, le prometí que mi corazón sería solo suyo… y así lo hice. Fueron tres días que muy pronto tocaron a su fin. La felicidad que estuve a punto de saborear con mi propia boca, se desvaneció, como si hubiera despertado en mitad de un sueño fascinantemente bello. Me quedó un rescoldo de decepción al sentir que estuve a punto de alcanzar algo inmarcesible que se había esfumado justo cuando iba a rozarlo con la punta de mis dedos. Me sentía insatisfecha, decepcionada, sin poder precisar exactamente el motivo de mi ofuscamiento.

Pasaron unos meses, no sé precisar cuántos, y volvimos a estar juntos. Esta vez el volcán tan bruscamente apagado volvió a tomar vida con más fuerza y más rabia que nunca. No iba a permitir que me impidieran alcanzar esta vez la estrella lejana de la felicidad. No. Yo la alcanzaría.

Al vernos se estremecieron nuestros cuerpos, como resentidos por la espera. Él me confesó que en ese tiempo había estado con otra mujer, sin amarla, solo por saciar su sed. Me pidió perdón. Me dijo que me quería, que me amaba, que me necesitaba…. Pero yo no pude soportar aquello. Fue como una bala. La ira, la rabia, el orgullo se desataron en mí. Le odié por haber impedido que yo llegara a ser feliz. Mi egoísmo me llenó de tristeza. Mi soberbia me hizo llorar, pero no por haberlo perdido, no de celos, sino por haber visto truncadas mis aspiraciones de dicha eterna… Le grité. Le insulté. Le escupí a la cara todo el rencor acumulado. Le hice creer que todo había sido una farsa, que solo había sido un juguete para mí, que yo jamás había sentido amor por él.… Tal vez no lo haya sentido, pero nunca podré llegar a saberlo con certeza.

Mis pasos me llevaron a un bar. Allí terminó mi dulce paseo sin rumbo. Allí volví a encontrarme cara a cara con mi soledad. Mi única compañera… porque yo ya solo soy capaz de compartir mi vida con mis recuerdos. No sé por qué, pero hace tiempo que han pasado a ser ellos los únicos que me hacen feliz. Quizás sea mi sino: SOLEDAD.

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