Sobre cómo llegó Cueva del Hierro a mi Vida
Recuerdo que ya de pequeña tenía dos intuiciones bastante vívidas. Una era que quería ser diplomática y la otra que quería echar raíces en la Sierra de Cuenca. Ni lo uno ni lo otro eran obvios, porque nadie de mi familia era diplomática/o, ni había visitado nunca Cuenca. Son dos intuiciones extrañas que siempre tuve y que nunca logré entender racionalmente.
Como ya conté en esta web, en 1995 preparé la oposición a la carrera diplomática, la aprobé en 1996, e inicié mi labor profesional como diplomática española.
Lo de Cuenca fue harina de otro costal. En 1986 quería conocer en persona la Serranía de Cuenca y organicé el viaje de final de curso del instituto al albergue de San Blas en Tragacete junto con todas/os las/os compañeras/os alternativas/os del instituto. El profesor de biología, Juan, se vino con nosotras/os. Y fue una semana preciosa de rutas de senderismo al nacimiento del Segura, al nacimiento del Tajo y a muchos sitios hermosos anónimos. Y ahí di por buena y por válida aquella intuición de infancia de echar raíces en la Sierra de Cuenca.
No obstante, la ajetreada vida diplomática y el repetido cambio de casa, país y continente me fueron alejando de aquella idea hasta que en 2009 volvió a coger fuerza en mi interior y decidí explorarla. Así, tomé unos días de vacaciones en la Embajada de España en Londres; cogí un vuelo a Madrid-Barajas; alquilé un coche en el aeropuerto; y me recorrí en solitario la Serranía Alta de Cuenca.

Y fui de lugar en lugar, con un pequeño cuaderno rojo, apuntando todas las propiedades que se vendían, el nombre de sus dueños, etc.
De vuelta a Londres empecé llamando a una gente de Las Majadas que es donde había visto mi casa soñada, pero eran tres herederos y solo dos vendían. Imposible, pues.
[Inserto aquí debajo una foto de las hermosísimas vistas que hay desde la parte de arriba de Los Callejones de Las Majadas, una foto que me tomaron en aquel viaje]

Y mi segunda opción fue una casa que había visto en Cueva del Hierro. El dueño me dio un precio (30.000 euros) y yo le dije directamente que se la compraba. Él se sorprendió y me preguntó si la iba a comprar sin verla por dentro y le dije que sí, que, si estaba bien la estructura, la salvaba y, si no, la rehacía. Volé de Londres a Valencia; cogí un tren a Aldaia; firmé la compra ante notario; y ya. Ya teníamos la casa.
Hacer la obra fue más complejo. No encontraba constructor hasta que el alcalde del lugar en 2011 se ofreció a hacerla con sus operarios ecuatorianos. Mi interpretación siempre ha sido que en 2011 estábamos en plena crisis financiera en nuestra querida España y las subvenciones de los organismos públicos flaqueaban y, en ese contexto, mi casa pareció buena opción. En el verano de 2011 hicieron el aguas fuera y en el invierno y primavera de 2012 el interior, de manera que en agosto de 2012 hice la mudanza de Londres a Cueva del Hierro.
Esta casita vino con regalo-sorpresa. Uno de los operarios ecuatorianos que estaban de albañil (“albañil” es una palabra preciosa, que viene el árabe, “albani”, el que construye) terminó siendo mi pareja. La intuición había empezado una treintena de años antes a preparar el terreno para guiarme hasta un bello amor… bonita historia, ¿verdad?
Y colorín colorado el microcuento de cómo llegó Cueva del Hierro a mi vida se ha terminado.
Como colofón reproduzco aquí un poema que le escribí a aquel maravilloso hombre en nuestros primeros tiempos de amorío:
INMENSA SUAVIDAD
Llegaste a mi vida
con inmensa suavidad.
En viéndote enlucir y llaguear
me quedaba absorta, traspuesta,
vacilante, sin voz, y poco a poco
tu hermoso cuerpo cincelado
por el sudor de tu frente
fue volviéndose un imán;
imán que al principio no supe ver
y que cuando ví, ya era tarde;
tarde porque para ese entonces
tu inmensa suavidad
ya habitaba en mí.
No acierto bien a entender
cómo entró por los poros de mi piel,
por los canales auditivos de mis oídos,
por mis nervios ópticos o mi tráquea,
pero entró, y raudo como una flecha
de esas que construían tus antepasados
índigenas en las selvas del actual Ecuador,
como una de esas flechas tu inmensa
suavidad entró y me habitó.
¿Y si habitas en mí cómo sacarte? ¿Cómo
poner coto o final a esta locura de amor
que me tiene poseída? ¿Existe algún remedio
contra este estar habitada por tu suavidad?
Mi mente dice que no debo seguir; que lo nuestro
no tiene ningún sentido; que no tiene presente,
ni futuro… Y mi Ser se sonríe, le sonríe a la mente
y le dice: “Agúzate y busca la manera de sacar
esta suavidad, pues hasta que no la saques no podrás
ponerle coto o final”. Mi mente desespera y mi Ser…
mi Ser… se sonríe.

Y he insertado aquí encima una foto del mirador del Hotel Los Tilos de Beteta donde me hospedé cuando recorrí esa zona de la Serranía Alta de Cuenca. Una foto que me tomó la entonces recepcionista del hotel. Un hotel que al poco tiempo quebró y que han vuelto a abrir hace unos años, renovado, poderoso, bellísimo…