Era agosto de 2016. Ainoa acababa de sacarse el carnet de conducir y me dijo que quería que le comprara un MINI y, a poder ser, blanco.
Me puse a mirar precios de MINI en España y ninguno bajaba de los diez mil euros y yo, en esos momentos, no me podía permitir un gasto tan elevado.
Por curiosidad, miré los precios de los MINI en el mercado de coches de segunda mano en Alemania…y encontré un precioso MINI ONE blanco por cinco mil euros.
Algunas de las personas con las que lo comenté me dijeron que no se me ocurriera hacerlo, que era muy arriesgado. Otras me aconsejaron que solo lo comprara si lo hacía a través de concesionario. Y, finalmente, otras me dijeron que solo comprara si el vendedor era alemán, nunca si era turco.
¿Quién vendía ese MINI ONE? Un turco llamado Ali. Estuve dándole muchas vueltas y al final me dije que adelante.
Compré dos vuelos baratos a Stuttgart; Ali nos vino a buscar al aeropuerto; nos llevó al que sería nuestro hogar por una noche: un pequeño hotel rural Los Siete Dormilones (Gästehaus Sieben Schläfer) en Ludwigsburg; y estuvimos probando el coche por la zona.
Nos pareció -con nuestros limitadísimos conocimientos de mecánica- que el coche iba bien; y formalizamos la venta.
Al día siguiente, nos vimos de nuevo con Ali prontito, tipo 7.30 a.m., en las oficinas de Tráfico en Ludwigsburg. Aunque no era necesario que Ali viniera para ayudarnos a hacer el papeleo de exportación del vehículo, él se ofreció y yo se lo agradecí.
Yo ya había cogido cita por intenet desde España y el proceso fue rodado. En una hora teníamos ya todo el papeleo formalizado y la matrícula de exportación. Nos despedimos de Ali y a cruzar Europa…
Arrancamos desde el mismo Ludwigsburg y fuimos por las fantásticas autopistas alemanas hasta la frontera con Francia. Cruzamos a Francia y seguimos. En un área de servicio en que paramos a descansar un rato nos sacaron esta nuestra primera foto a tres (Aino, el cochecito y yo):

Al final de la tarde habíamos llegado casi hasta la frontera con España, en Perpiñán. Y nos quedamos a dormir en la Residencia del Cónsul General de España, puesto que en ese momento desempeñaba un compañero mío de promoción. Él, su esposa e hijas nos trataron con mucho cariño y, a la mañana siguiente, continuamos el viaje.

Pero… nada más cruzar la frontera con España, ¡plof! Se encendió un testigo luminoso, rojo como la sangre, que no paraba de parpadear y emitir un ruido bastante desagradable.
Paramos el coche y sacamos el manual que teníamos en la guantera y… era el testigo de “avería motor”. Nos miramos algo compungidas, pero algo teníamos que hacer. Así que busqué con el móvil el taller más cercano de esa marca y ahí mismo, en la localidad de Figueres, había uno. Hacia él nos encaminamos.
Al llegar al taller, le hicieron algunas pruebas al coche y nos dijeron que el motor estaba dañado y que lo mejor era que hiciéramos un cambio integral de motor. Por el módico precio de 8.000 euros. Tardarían una semana en tenérnoslo.
Llamé a mi entonces pareja y me dijo que le mirara el nivel de aceite al motor; que, si estaba bajo, comprara aceite y se lo añadiera; y que siguiéramos nuestro viaje. Y eso hicimos.
Y de una sentada (aunque obviamente parando a comer y a merendar, a poner gasolina, y a estirar las piernas) llegamos a Cueva del Hierro, nuestra casa de veraneo en la Serranía Alta de Cuenca, entrando desde Zaragoza y Molina de Aragón.
¡Lo habíamos conseguido!
Al día siguiente bajamos a Cuenca capital y le hicimos el papeleo de importación al coche; llevamos los papeles para que nos confeccionaran la matrícula española; y todo resuelto.
Aunque volví a ponerme en contacto con Ali, él no se hacía responsable. Y reclamar mis derechos en los tribunales alemanes me iba a salir carísimo, así que lo dejé estar.
El cochecito siguió dando algunos problemas. Resulta que esos motores que compartían varios modelos de PSA y de BMW habían salido bastante defectuosos y consumían demasiado aceite, lo que dañaba las sondas lambda y el tubo de escape. Todo ello exigía revisiones periódicas de los niveles de aceite. Aun así, el cochecito iba bien y Ainoa seguía conduciéndolo.
En 2022, un amigo mecánico nos ofreció un motor cuasi nuevo. Y mi entonces pareja, que estaba a punto de terminar el segundo curso de su Grado Superior de Automoción decidió que ese sería su Trabajo de Fin de Estudios: hacer el cambio integral del motor a nuestro cochecito blanco. Y dicho y hecho.
Estamos a 2026 y el cochecito blanco sigue vivito y coleando… Y la última ITV, en junio, la pasó a la primera y sin problemas… ¡Yupi!
¿Cuánto nos durará todavía nuestro cochecito blanco?