Isla de Amor

Si quieres descargártelo en pdf, pincha aquí: ISLA DE AMOR

 

Para que en la vida de los seres humanos lo real y lo fantástico hallen una perfecta simbiosis

I. La llegada a la Tierra de la Luz

Samaná salió del cuarto de baño, entró en su habitación y se metió en la cama. La pesada cena le hacía difícil conciliar el sueño. Estuvo un buen rato dando vueltas, acurrucadita bajo su pesado edredón, hasta que por fin su ser abandonó su cuerpo y se dirigió al Reino de los Cielos.

Volaba en un avión hacia poniente. Tras de sí dejaba la vieja Europa, para dirigirse hacia el Nuevo Mundo. A medida que el avión avanzaba iba amaneciendo en los lugares por los que pasaba. Daba la impresión de que el avión iba extendiendo un manto de luz sobre el mar y la tierra. Con un poco de imaginación hasta se veía la sombra que el avión proyectaba como avanzadilla del día.

Abajo, el Atlántico mostraba sus bravas aguas, una infinita sucesión de olas encrespadas, un océano de motas blancas. A veces venían corriendo al encuentro del día grupos de nubes de variado cariz. Algunas delgadas, traslúcidas, casi invisibles; otras enormes, puestas de pie sobre el cielo, mostrando en la magnificencia de su gordura raras esculturas.

Cuando sobrevolaba las Bermudas las nubes hicieron un espeso frente común, impidiéndola ver el Archipiélago Maldito. «Estaría bien que ahora nos tragaran las fuerzas de la naturaleza y pasáramos a la cuarta dimensión» pensó Samaná, pero tal vez el aspirador gigante del Triángulo estaba estropeado o simplemente desenchufado y no funcionó.

Y al poquito, se erigía ante sus ojos, en la profunda lejanía, su tierra de destino: la hermosa isla de La Española. Isla que Colón describiera en su diario como el lugar más hermoso que jamás contemplaran sus fatigados ojos de navegante.

Poco a poco el avión fue descendiendo, lanzándose hasta sumergirse en el mar de verdor.

Hace siglos, quizás milenios o eones, habité esta tierra. Entonces era una muchacha taína, miembro de ese pueblo de indios pacíficos que custodiábamos esta isla antes de la venida del hombre blanco. A esta isla la llamábamos Ayití, la Tierra Montañosa. Mi padre fue un gran sacerdote, iniciado en los grandes misterios del más allá. Yo no tuve hermanos y mi padre me instruyó para seguir sus pasos. En mi Bautismo de Luz me pusieron por nombre Samaná. Durante toda mi vida sólo hubo una tragedia: a mi amor se lo llevaron las olas en una terrible tempestad.

Ahora vuelvo a mi isla bajo la apariencia de una muchacha europea, habitante del Viejo Continente. He seguido los pasos normales de alguien de mi edad: crecí, estudié, me licencié en economía y trabajo para un banco de desarrollo. Pero, aunque todo esto sea parte de mi vida exterior, en mi mundo interior sigo siendo Samaná. Y aunque aparentemente vengo por primera vez en esta mi vida por motivos de trabajo, yo sé que el fin de mi regreso es otro, pues está escrito que he de buscar, entre los restos de aquel naufragio, al ser que me ha de amar.

El avión cada vez estaba más cerca del suelo. Se percibían las cadenas montañosas, los ríos, las palmeras… las techumbres de hojalata de los arrabales, los vehículos variopintos… Aterrizó. Samaná salió del avión, confundida entre esa marabunta de turistas que se aprestaban a ocupar banalmente sus días de reposo. Bajó las escalinatas del avión. Pisó el suelo. Un escalofrío raudo atravesó su ser. Había vuelto.

Mientras esperaba a que saliera su pequeña maleta por la cinta mecánica, observaba el hacer de la gente. «¡Qué variedad de tonos de piel tienen todos!». Estaba tan ensimismada en sus reflexiones que no percibió como un chico se le acercaba. «¿Quiere que le ayude con sus maletas, miss?». Samaná se volvió sobresaltada, le miró y, tras conseguir entender donde estaba y lo que querían de ella, emitió un casi inaudible «No, gracias» al tiempo que intentaba desdibujar en sus labios una sonrisa. «A ver si a partir de ahora intentas estar despierta» fue la reprimenda que su mente le soltó.

Salió del aeropuerto. Había venido a analizar un proyecto de inversión de una empresa local que quería ampliar su negocio. En la empresa le habían dicho que irían a recogerla. Escudriñó el público que se hacinaba junto a la rampa de salida, pero no lograba identificar ningún letrero, hasta que «¡Ah! Ahí»… había un señor mayor de tez oscura que sostenía en sus manos un pequeño cartel en el que estaba escrito «Marevol». «¿Es usted de la empresa Marevol?». «Sí, señora». «Soy Samaná Díaz». «Pues yo ya casi me iba señora, creía que usted ya no venía». El hombrecillo cogió la maleta y marchó dirección al parking. Samaná le siguió. «Espérese aquí, señora, pues he olvidado donde dejé el carro y no lo veo». A Samaná no le quedaba otro remedio que esperar bajo el inclemente sol caribeño a que el chófer encontrara el coche. Al ratito de esperar, rebuscó en su bolso un pañuelo y se lo ató a la cabeza. «Así al menos evitas una insolación» pensó. De repente pasó el chófer corriendo con una expresión de infinita felicidad es su cara: «Ya lo vi, señora, allí está».

El coche, moderno y confortable, arrancó. La carretera iba bordeando el mar, el bello Caribe, dirección a la ciudad. «¿Cómo se llama usted?». «Manuel, señora». «¿Es usted de Santo Domingo?». «Si, señora, soy capitaleño. Pero los capitaleños somos muy negros y muy feos». A la derecha se veían todas esas míseras casuchas de colores cuyos tristes techos de hojalata ya había contemplado desde el avión. En el fondo le impresionaba el choque de ver de golpe tanta pobreza. Sin embargo, el animado parloteo del chófer le impedía hundirse en algún mar de meditabundas reflexiones. «A mí me dijeron que usted era americana y que no la iba a entender. Pero la entiendo. Usted no es americana ¿Verdad?». «No, soy española». «Española ¡Qué rico! Mire usted este es el puente de Juan Carlos, de cuando estuvo aquí con su mujer… ¿Cómo está esa gente ahí?». «¿Quién? ¿Los reyes? Supongo que bien». «Son millonarios ¿verdad?». «Hombre, son reyes y tienen dinero». «Ustedes no tienen presidente ¿ya?». «No».  Esta vez fue Samaná la que atacó: «¿Están Ustedes contentos con Balaguer?». «Balaguer las dos primeras veces bien, luego ya no». «Está ciego ¿no?». «Está todo» replicó Manuel y soltó una larga carcajada por lo bajinis.

Atravesaron con el coche por el puente sobre el río Ozama, ese mismo río sobre el que el hijo de Colón amarraba su barco cuando regresaba de sus largos viajes por las Antillas, para subir las escalinatas que le llevaban a su majestuosa mansión de virrey de la isla. Bordearon la ciudad colonial y siguieron avanzando por el Malecón. Santo Domingo no tiene playa, pero sí un larguísimo paseo construido sobre las rocas de forma que se erige como mirador natural sobre el mar, lleno de palmeras, almendros, puestos de música y seres que hacia el atardecer abarrotan su espacio para bailar, pasear o simplemente dejarse llevar hacia algún país de ensueño envueltos por el rugido de las olas al chocar contra las rocas. Este paseo es el Malecón.

Pasaron junto a dos enormes esculturas separadas una de otra unos cien metros, la primera en forma de U, la segunda en forma de I. «Esta es la escultura hembra, aquella la macho». «¡Ay, estos caribeños! ¡Son pícaros hasta para ponerle nombre a las esculturas!» pensó Samaná.

Aunque el exultante sol calentaba el ambiente y su violento reverberar sobre los objetos encendía en el alma las ganas de vivir, su cuerpo parecía no estar conforme con los cambios tan bruscos a que estaba siendo sometido. Ya en el avión había sentido como le empezaban a doler las anginas… Ahora notaba como empezaba a perder la voz.

Llegaron a la empresa. Subió a hablar con la persona que le había contactado durante los preparativos previos a la concesión del crédito. Entró en su despacho. Fue a saludar, pero la voz se quedó escondida tras las cuerdas vocales y no quiso asomarse a los labios. Lo intentó de nuevo, pero fue en vano. No podía hablar. Alfredo, el sorprendido interlocutor que presenciaba los ímprobos esfuerzos de Samaná por hablar, le ofreció un asiento y rebuscando nervioso bajo el montón de papeles que cubrían su escritorio, logró sacar una cajita y se la ofreció. Eran caramelos de menta. «Deme un segundo que termino este fax y ahora mismo estoy con Usted». Samaná asintió con la cabeza, sonrió, se llevó un caramelito a la boca y, mientras lo dejaba deshacerse lentamente, liberó su mente para que esta escudriñara tanto el lugar como el hombre que estaban ante ella. En cualquier negocio dicen que las primeras impresiones son muy importantes, así que ¡a percibir!

Alfredo le informó de que las otras tres personas que debían venir a inspeccionar el proyecto, llegarían el domingo por la noche. Samaná ya sabía que su jefe llegaría el domingo, pero creía que tal vez alguno de los otros dos vendría antes. Como era viernes, así tenía todo un fin de semana sólo para ella antes de empezar a trabajar. «Nos vemos el lunes por la mañana. Iré a recogerles a todos ustedes al hotel. Le he reservado habitación en el hotel El Embajador. El chófer la llevará para allá. Si necesita cualquier cosa este fin de semana, no dude en llamarme». Salió del despacho y se oyó que decía: «¡Manuel! Lleve a la señora al Embajador».

Entró en la que iba a ser su pequeña casa durante una semana. La habitación era enorme y muy bien decorada, todo en tonos pasteles rosas y azules. Vio encima del aparador una cesta de fruta envuelta con papel de celofán y adornada con un gran lazo. «El gerente le desea una feliz estancia» ponía en la tarjetita. Bien, primero se ducharía, se relajaría y luego ya vería lo que hacía. Una vez envuelta en la esponjosa bata de baño se echó encima de la cama con la fruta al lado a comer. Fue probando poquito a poco… la piña, el melón, la papaya, la toronja, el mango, las manzanas… ¡Mmmm! ¡Qué dulzura más exquisita!…

Aún le quedaban algunas horas de sol y podía aprovechar para ver algo. Podía ir a visitar la zona de la ciudad colonial al borde del mar o podía… De repente sus anginas le dieron un terrible calambrazo. «No salgas hoy. Quédate aquí y cúranos» parecían querer decirle. A Samaná no le quedaba más remedio que hacerles caso, porque sabía que si no iban a hacerle la tarde imposible. Así que recogió las cosas, se metió bajo la tibia manta, sorbió una manzanilla con miel que le acababan de traer a la habitación y, mientras entonaba en su mente esta plegaria: «Maestras, Seres de Luz, os imploro que arranquéis de mi cuerpo físico cualquier mal y me devolváis la salud», se durmió.

Es curioso venir aquí después de tanto tiempo. Antes no había nada en esta zona, sólo árboles y el rugir del mar. Mi alma vibra con cada bocanada que tomo de este intenso aire. Es muy cerca de aquí donde tuvo lugar mi matrimonio. Aún lo recuerdo como si fuera hoy. Lo siento cerca. Presiento que pronto volverá a mí.

Al día siguiente salió a desayunar. Aunque su idea era alquilar un coche y visitar la isla, en el fondo no tenía ningunas ganas de conducir en un país en el que las normas de circulación no existían. Al llegar junto a la recepcionista para preguntarle por un lugar donde alquilar uno, intentó en vano articular. Las palabras no salían. Con gran esfuerzo logró hacerse entender. La chica amablemente propuso llamar ella misma a diferentes agencias y decirle después precios y disponibilidades. Samaná se dirigió al bufé, llenó un plato de toda suerte de frutas tropicales y fue a sentarse.

El pequeño comedor se hallaba junto a unos enormes ventanales que se abrían sobre el mar. Salvo una mesita en la que se sentaba un chico, el resto estaba vacío. Al pasar junto a él, le saludó: «Buenos días». «Buenos días». Por el acento infirió que era español y se lo preguntó. «Si, soy salmantino». «Hombre ¡Qué pequeño es el mundo! Yo también. ¿Puedo sentarme contigo?». «¡Cómo no!». Aunque la voz apenas nacía de sus entrañas, pudo contarle sus vagos planes para ese fin de semana. «No cojas un coche ni de loca por aquí. Yo me marcho ahora para Puerto Plata y si quieres te llevo».

Samaná iba cómodamente sumergida en el mullido asiento del coche. Solo salir de la capital podían verse, a ambos lados del camino, multicolores casitas de un piso, construidas con hojas de palma o con madera y con sus inconfundibles techumbres de hojalata. Dado que la vida era dura, había que darle un toque de alegría pintando la fachada con colores a cual más lleno de fuerza y vitalidad. Amarillos vivos, rosas, azules, verdes, rojos… Cualquier combinación, fuera cual fuera, por muy chocante que pareciera a primera vista, estaba permitida, con tal de que en conjunto provocara una ligera sonrisa en los labios de quienes la contemplaban.

El hecho de que estuviera prohibido cortar los árboles, incluida pena de prisión si uno era pillado in fraganti, había contribuido a que se desarrollara una densa vegetación que con los años se había convertido en reina indiscutible del paraje, invadiendo a voluntad y por doquier cuantas lomas de montaña se ponían en su camino. Era un placer avanzar por esa carretera, enmarcada por enormes montañas cubiertas de ese intenso verdor. Verde sobre verde contra el azul del cielo.

Iban dirección al norte, al océano, bordeando la Sierra Central, de la que sobresalían enormes picos, como el Pico Duarte de más de tres mil metros de altitud. Toda la geografía estaba surcada por ríos, riachuelos y torrentes que iban acariciando, labrando y regalando la fértil tierra. Tras pasar Santiago, la segunda ciudad en importancia del país, Lorenzo tomó un desvío y empezó a subir por una carretera de montaña. Tenían que atravesar la Sierra Septentrional y había elegido el camino más bello para hacerlo. Debió pensar «¡Pobre chica! Al menos que se vaya habiendo visto algo».

Como buena carretera de montaña era una continua sucesión de curvas. A Samaná no le daban los ojos de sí para captar tanta hermosura. No sabía dónde mirar, pues cada rincón superaba al anterior en belleza. Los valles que se extendían a sus pies cuales mantos de inmaculado verdor; las mil y una variedades de palmeras que competían por alcanzar las nubes; las casitas que se posaban en el exterior de las curvas y parecían tambaleantes trapecistas sobre abruptos precipicios… También los muros eran testigos mudos de otro tipo de belleza. Cargados de eslóganes políticos y reivindicaciones sociales eran la voz de un pueblo sumido en la pobreza, con altas tasas de analfabetismo, pero que pedía a gritos un pellizco de dignidad.

 

«No votes. Las elecciones son las fiestas de los ricos. Lucha»

 

Algo que la estaba dejando boquiabierta y que no pararía de sorprenderla durante toda su estancia en esta isla eran las mariposas… Tanto por su riqueza de formas y colorido -las había lilas, verdes, rojas, amarillas, rosas, blancas, marrones, granates- como por su vivacidad y alegría podría afirmarse, sin miedo a errar, que eran las pacíficas invasoras de esta isla.

Cuando era pequeña mi abuela nos contaba que cada indio tenía por hada madrina una mariposa. De ahí que las hubiera de tantos colores diferentes, pues los hombres y las mujeres que habitábamos Ayití éramos todos en el fondo distintos. Y como la estación de nacimiento influía al ser, dependiendo de ésta, así era tu mariposa. Las blancas y verdes custodiaban a quienes nacieron en épocas de lluvia, las azul-grisáceas a los que lo hicieron en invierno, las rojas-anaranjadas a los nacidos bajo el sol veraniego. Las amarillas eran las almas custodias de los seres puros que escapaban al mecanicismo de las estaciones. Mi abuela decía que debíamos buscar nuestra mariposa y cultivar hermosas flores que la sirvieran de alimento. También podía una, una vez que lograba intimar con su mariposa, luchar por cambiar juntas de color… hasta tener un aura amarilla. Para ello había que seguir un arduo proceso de purificación interna… durante el que el suave y tierno aleteo de tu mariposa era siempre una ayuda y un consuelo.

Al fondo se divisaba el océano, de un azul más intenso que el mar del sur, y hacia él se dirigieron bajando por la verde ladera. Él la dejó en la playa y se marchó. Samaná trepó hasta unas rocas en medio de la arena… se puso a contemplar el calmado vaivén de las aguas… y se sintió flotar. Cerca de ella una parejita se bañaba en el agua, estrujándose de tal forma que parecían confundirse en un solo ser.

Pasó el día vagabundeando por las callejuelas de esa ciudad colonial, en la que aún se conservaban fuertes, iglesias y muchas multicolores casas de madera. Paró un motoconcho, una moto que hace las veces de taxi, y subió en él hasta la cima de un enorme monte, la Lometa de Santa Isabel, reserva natural que rodeaba la ciudad y parecía abrazarla cual escudo protector. Desde arriba la vista era magnífica, se veía toda la costa hasta más allá de la frontera haitiana. Abajo yacía Puerto Plata, serena, tranquila.

Al atardecer cogió un autobús de vuelta a la capital. Coincidió de nuevo con la dulce parejita y entablaron conversación… Muchas palabras, muy cargadas de cariño y sentimiento. Al llegar a Santo Domingo habían dejado de ser extraños. «Extraño lo rápido que se puede llegar a querer a algunos seres que se cruzan veloces en nuestras vidas» pensó.

Aunque el día siguiente le deparó también vivencias y alegrías, viendo la zona colonial de Santo Domingo; visitando a Félix y Génova, la parejita del día anterior, en su casa, en un arrabal de las afueras; y yendo a un concierto maravilloso en un gran hotel de la capital, algo dentro de ella la inquietaba, algo le decía: «Prepárate, él viene». Y su sangre hervía de ansiedad.

II. Una primera Toma de Contacto

Su primer día de trabajo transcurrió visitando las distintas sucursales de la empresa y de la competencia en Santo Domingo capital y alrededores… Observar, tomar datos, verificar, preguntar, anotar, analizar, razonar… Solo por la noche, durante la cena, parecía que su alma tomaba un pequeño respiro. Se pudo relajar. La mesa era rectangular. Junto a ella, a su derecha, encabezando la mesa, Alfredo, dominicano de ascendientes libaneses. Frente a ella su jefe alemán, Michael. A su izquierda, Matt, el chico del Banco Mundial que había venido desde Washington. Frente a él, Bob, un consultor estadounidense, ya retirado, pero que era el indiscutible experto en ese sector. Entre Matt y Bob, ocupando la otra presidencia de la mesa, se hallaba Marco, el hermano de Alfredo. Allí estaba Samaná, en un lujoso restaurante italiano, en una isla del Caribe rodeada por hombres del mundo entero, para los que ella era el centro de atención, el destino de sus agasajos.

Poco a poco fue reduciendo su horizonte, hasta focalizar todo su interés en Alfredo. Le sorprendía el que pareciera conocerlo tan bien, cuando apenas se habían visto unas horas. Hablaban de su vida, de sus viajes, de sus aficiones, de cosas aparentemente banales… pero que lentamente iban calando en ella. Había tantos parecidos entre sus vidas que parecía increíble.

Alfredo, cuando tú te marchaste con dieciséis años al extranjero a estudiar, primero cuatro años a Estados Unidos, luego dos a Francia, luego vuelta a Norteamérica por otros tantos años, yo estaba lejos, en mi España natal, preparando con los juegos de mi infancia mi futuro de nómada errante. También yo he pasado media vida errando, de un país a otro, de un continente a otro. Errando sola, pero sabiendo que esa soledad me estaba preparando… Haciendo que nuestras vidas fueran en cierto modo paralelas, el destino nos quería asemejar. Seres que viven experiencias similares tienden a desarrollar un aura similar. Pero ¿a qué jugaba el destino?

La miró a los ojos y dijo: «Siento que eres una persona para la que los idiomas no son solo palabras, sino que puedes llegar a fascinarte por la cultura que se esconde tras ellos». En los ojos de Samaná resplandeció una llamita. Pocas veces alguien había logrado desvelar el verdadero sentido de su loca pasión por los idiomas. Su anhelo por entender mejor el sentir del alma que se esconde tras un mar de palabras… Y ese desconocido había dado en el clavo. Tendría que observarlo mejor. Había algo especial en él que lentamente, cual planta trepadora a la luz de una luna, empezaba a invadirla, a colarse por los intersticios de su alma.

Cuando llegaron de vuelta al hotel, su jefe soltó como quien no quiere la cosa: «Creo que la mezcla de sangre latina y árabe es algo explosiva para ti» y sonrió. Samaná marchó meditabunda hacia su habitación. Tal vez fuera eso. Las dos partes del mundo por las que sentía una fascinación ciega e irracional eran los países árabes e Iberoamérica. Quizás eso tuviera algo que ver con su manera de sentir. Mientras yacía en su cama esperando el sueño, no podía quitarse de la mente una frase que Alfredo le había dirigido dos veces aquella noche: «Creo que eres una mujer muy intensa».

Hola, ¿me oyes? he venido a buscarte. Sé que tu alma sobrevivió al naufragio y que está escrito que en esta existencia nos reencontremos. Por favor, amor, hazme un signo claro de dónde estás, de en qué cuerpo te hallas. Háblame. Te espero.

III. El reencuentro de las Almas Anhelantes

El día siguiente volvió a pasar a cámara rápida, visitando los establecimientos de Marevol y de la competencia en Santiago. Vuelta a observar, tomar datos, verificar, preguntar, anotar, analizar, razonar. Parecía como si la mente fuera incapaz de asimilar la información a la velocidad a la que llegaba. Se sentía como una autista envuelta en una burbuja de cristal. Los datos chocaban contra la burbuja y salían disparados en todas las direcciones del universo… mientras la pobre mente no daba abasto para correr tras ellos y capturarlos. A pesar del estrés mental, su alma se hallaba incomprensiblemente sumida en un lago de serena e infinita paz.

Llegó de nuevo la noche. Cenaron los mismos seis jinetes del Apocalipsis de la noche anterior, pero esta vez alrededor de una mesa redonda en el restaurante chino del hotel. Durante el día se nutría el cuerpo de ligeros platos locales, para por la noche, ya bien duchado y relajado, nutrirlo de lejanas exoticidades. La conversación general era amena, distendida, todo transcurría con normalidad, hasta que Alfredo apretó a la vez con dureza y con ternura el pie de Samaná por debajo de la mesa. Un rayo incontrolable le recorrió todo el cuerpo y la dejó K.O. por un par de asaltos. Fuera de combate, incapaz de reaccionar. Jamás en su vida había sentido un voltaje tan fuerte recorrerle las entrañas. ¿Qué hacer? ¿Cómo reaccionar? Era materialmente incapaz de girar el cuello para mirarle, incluso de levantar la vista y dirigirla hacia alguna otra persona de la ronda. Seguro que se había puesto roja y todo el mundo lo había notado. «Samaná, me pasas el arroz, por favor», le dijo Michael. Obedeció cual autómata, logrando sin embargo captar con el rabillo del ojo la mirada consoladora que su jefe le lanzaba. En cierto modo, el cariño de esa mirada la tranquilizó y pudo retomar las riendas de su cuerpo. «Gracias, jefe» pensó.

Tras la cena, cada cual subió hacia sus habitaciones. Samaná llegó a la suya, con el tiempo justo para cerrar tras de sí la puerta antes de desplomarse sobre el suelo junto a la cama. No tenía fuerzas para moverse. Un sentimiento desconocido hasta entonces la invadía. Era presa de una llama incontrolable.

Jimaní siento como tu alma se acerca a través de los tiempos. Siento como estás renaciendo del sueño de los justos y como atraviesas la nebulosa del espacio para postrarte ante mí. Muéstrate.

Sonó el teléfono. «¿Cómo tu tá? ¿Dormías ya?». «No, ya bajo». En un abrir y cerrar de ojos Samaná se hallaba junto a la puerta del coche. Se agachó hasta la altura de la ventanilla, le miró y entró. Silencio. «¿Dónde vamos?» preguntó él. «Enséñame algún lugar bonito». Y partieron. Aparcó el coche junto a unos jardines. En medio de éstos se erigía una pequeña edificación octogonal. Dentro había una escalera de caracol que perforaba las entrañas de la tierra, rodeada de estalactitas que colgaban atrevidas del techo de la cueva, de raíces y troncos de árboles unidos en íntima simbiosis a la roca. Abajo, una pequeña barra, un minirestaurante, una orquesta y una diminuta superficie de baile. La grandeza de los altísimos techos de la cueva contrastaba con la reducida dimensión de cuantas emulaciones de juguete se hallaban sobre el suelo. Se sentaron en unos taburetes junto a la barra. Empezaron a hablar de todo un poco y el nerviosismo desapareció. Él tenía una manera tan relajada e interesante de desarrollar cualquier tema que, hablaran de lo que hablaran, su mente se sentía fascinada.

Aquella mañana, mientras se dirigían en coche a Santiago, Samaná había estado criticando ante Matt la política neoimperialista norteamericana, al tiempo que el pobre trataba en vano de aportar argumentos que pudieran convencerle de lo contrario. Ahora Alfredo la juzgaba por ello. «En el fondo estoy de acuerdo con lo que dices, pero pienso que eres un poco ingenua. No todo lo que viene de Estados Unidos es malo. Por ejemplo, es un país que ofrece incontables oportunidades a mucha gente que llega a él con las manos vacías». «¿Pero y qué me dices de su egoísta política de explotación y dominación sobre Iberoamérica?». «Cualquier gran potencia la desarrolla, pero no te preocupes, porque tiene que cambiar. Si no quieren que los latinoamericanos les invadamos con nuestra hambre, tendrán que cambiar sus políticas y contribuir de verdad a que nuestros países se desarrollen, no por altruismo, claro está, sino para que no seamos un obstáculo a su propio crecimiento».

Alfredo la sacó a bailar. El ritmo del merengue era tremendamente pegadizo. Eso de bailar moviendo el cuerpo muy poquito a poco, de forma imperceptible, casi sin despegarse del sitio, al tiempo que no quedaba una sola partícula del cuerpo sin poner su granito de arena en este balanceo, resultaba irresistible. Era jugar a bailar, sin bailar, movimiento total en la más absoluta quietud. La estrechó entre sus brazos y aceleró su velocidad de rotación. Entre el mareo que tanta vuelta le había producido y la magnética corriente que electrocutaba sus miembros, no le quedaba más remedio que apoyarse sobre él y dejarse llevar, si no quería caer al suelo. Se le hizo eterna esa canción, ese delicioso calvario. Cuando por fin terminó la canción se dirigieron a la barra, pagó y salieron.

Se pararon junto a un árbol y la besó.

¡Cuántos siglos esperando tu beso! ¡Cuántos eones! Ahora que he probado la miel de tus labios sé que eres tú el ser que esperaba. He sentido brotar de mi alma el mismo manantial de felicidad que cuando me besaste por primera vez junto al Lago Sagrado de la Gran Gruta. Gracias por escuchar mis súplicas y venir hacia mí. Siéntate junto a mí y cuéntame lo que has estado haciendo durante tantas existencias que no nos vimos. Habla, amor, yo te escucho.

IV. La fusión de los Fuegos Sagrados

El miércoles empezó con una visita al Embajador alemán, en la que este les estuvo informando a ella y a Michael sobre la situación política y macroeconómica en el país. Más tarde, visitaron con los norteamericanos y Alfredo el centro de distribución de Marevol. Un gigante edificio. Samaná hubiera dado lo que hiciera falta para que el radiante sol del mediodía la hubiera hecho chiquitita, chiquitita… la hubiera derretido hasta confundirla con el fluido asfalto. ¡Qué duro era disimular indiferencia hacia un ser cuya sola mirada te arrancaba el alma!

Luego vinieron siete horas en las que ellos cinco, con Luis, el primo de Alfredo, estuvieron enclaustrados en una pequeña habitación. Se trataba de preguntar lo más posible con el fin de recoger y verificar cuantos datos fueran necesarios para desarrollar el informe de viabilidad del proyecto: número de empleados en cada localidad, volumen de venta por empleado y metro cuadrado, política de precios, paleta de productos, política de personal, formación de los directivos, inventarios, política de control, organigrama, informatización, ratios del sector, políticas de marketing.

Al acabar la maratoniana sesión, empezaba una nueva aventura. Se apresuró a una tienda para comprarle un regalo a Génova. Era su cumpleaños y la había llamado diciendo que iría a visitarla. Génova y Félix eran aquella dulce pareja de eternos enamorados que había conocido volviendo de Puerto Plata. Tras mucho rebuscar en cuestión de segundos, pues ya cerraban, le compró una vajilla, con unos paños de cocina a juego. Abultaban mucho. El chófer de Marevol la llevó hasta los arrabales de Santo Domingo, donde vivía Génova. Ni ella misma lograba explicarse cómo logró de nuevo encontrar la casita entre el laberinto de callejuelas. Lo cierto es que llegó, tarde, pues la reunión había durado más de lo previsto, pero llegó.

«¡Qué rico que viniste, linda, pensé que no vendrías ya!». Al ver el gran paquete en las manos de Samaná se quedó perpleja. «Yo quería verte de nuevo, pero no tenías que traerme nada». La pobre no sabía cómo reaccionar. «Tú calla, tonta, no digas nada y abre el paquete, a ver si te gusta». Iralis, su preciosa niñita de dos años, se aprestó a ayudarla en la laboriosa tarea de abrir aquel paquetón envuelto con tanto esmero. Poco a poco sus caras iban iluminándose de alegría. «Yo te regalé un paño de esos» dijo Félix. «¡Ay, Félix! ¡Yo lo perdí en el último traslado!» replicó Geno, con la voz de una resignada esposa que de repente se veía capaz, aunque fuera por unas horas, de escapar con su mente de las estrecheces y limitaciones que asfixiaban su diario vivir. Cada pieza de la vajilla que iba saliendo de la caja era motivo para un nuevo gritito de alborozo. «Lo cuidaré mucho, para tenerlo enterito cuando vuelvas a vernos».

Cenó un plato de mole guandú, o lo que es lo mismo un plato de arroz con lentejas, pimientos, ajos, cebolla, tomate y lo que allí llamaban verdura (una extraña hierba parecida al perejil). Digo cenó, porque los pobrecitos ya habían cenado, creyendo que ella no vendría. Fue, en palabras de Samaná, un manjar exquisito. Cuando ya había terminado y se hallaban enfrascadas las dos en una animada conversación, sonó el busca de Félix. Aunque sabía que Félix, como ingeniero, debía poder estar localizable, no paraba de sorprenderle oír el pitido de un busca en medio de esa jungla de cosas básicas. Geno subió a la cabina a escuchar el mensaje. «Samaná, era para ti, vienen a buscarte».

Vistieron a la niña y acompañaron a Samaná hasta salir del laberinto chabolista en el que habitaban. Llegaron a la calle grande. Ahí había un solar con mesitas y música que llamaban los Paragüitas. A su puerta la estaban esperando. Se despidió de esa tierna familia dominicana. «No llores, Geno». «Es que tal vez no vuelva a verte». «Ya veras como sí y, aunque así fuera, lo importante es que nos hayamos conocido y el cariño que podamos habernos dado en estos días, el resto lo decide el futuro, no nosotras».

Se subió al coche. Éste arrancó. A los pocos metros volvió a parar. Alfredo la miró con ojos encendidos de pasión y mientras pronunciaba un «Me vuelves loco», la besó ardientemente en los labios. Un beso que duró un infinito instante, una efímera eternidad. Como dos traviesos escolares que hicieran novillos por primera vez, surcaban los dos las calles de Santo Domingo, sintiéndose libres, sintiéndose volar… Surcaban los mundos ignotos con la simple sensación de total plenitud que llenaba sus almas. Tenían alas. Eran felices por el simple hecho de existir el uno junto al otro, de estar presentes, solos, el uno para el otro, solos para abandonarse a sus risas, a sus diálogos, a sus caricias, protegidos de cualquier mirada escrutadora por el omnímodo manto de la noche.

La llevó a otro jardín en el que había otra cueva subterránea, pero esta vez era inmensa, gigante, con el alto techo cargado de finas filigranas de roca, que cual delicados estambres parecían inclinarse suavemente hacia uno para repartir sus caricias. Estaba lleno de pequeñas plataformas con mesas bajas que descendían en forma de cascada hacia una enorme pista de baile.

Se sentaron en una terracita algo apartada. Querían pasar desapercibidos, rodearse de un fino velo que los aislara del mundo. Buscaban soledad compartida en medio del gentío. Lo lograron. Para ella solo existían él y el Cielo, para él solo ella y la Tierra. ¡Se dijeron tantas cosas con sus miradas! ¡Descubrieron tantos misterios con sus besos! ¡Abrieron tantas puertas con sus caricias! ¡Era tan infinitamente dulce besar, al tiempo que se sentía como el alma se escapaba hacia el otro ser bajo la forma de un suspiro…!

La cogió de la mano y la sacó a bailar. El acompasado juego de sus pies parecía reproducir algún viejo ritual sagrado… Sus cuerpos eran uno bajo las estrellas de aquella cueva… Sus movimientos eran presa de un sortilegio divino que los envolvía y los transportaba a un templo de luz.

Abrázame como tú sabías hacerlo. Déjame que me convierta de nuevo en un trozo de tu carne… aunque solo sea por unas horas. Por favor, ábreme tu corazón y déjame tomar el néctar de tus venas e inhalar el aroma de tu piel. No opongas resistencia. He realizado un largo viaje para encontrarte… para tenerte de nuevo junto a mí. Y aunque he llegado tarde, déjame que al menos por esta noche pueda creerme el embrujo de tu amor.

Alfredo la estrechó fuertemente contra sí, la levantó por los aires y empezó a girar. Se abandonó a la dulce sensación de dejarse pilotar, de permitir que sus piernas fueran livianas aspas de molino que rotaban al azar. Agradeció a los dioses por haber escuchado su última plegaria. Fue recogiendo con su mente toda la energía que iba generando su vuelo, la fue empaquetando, hasta hacer con ella un corazón de fuego que colocó en su frente, entre sus ojos. Con ese juramento renovaba su voto de amor. Pasara lo que pasara, su fuego seguiría siendo indeleble por los siglos de los siglos.

Al alba fueron a pasear por el Malecón. Estuvieron mucho tiempo abrazados, dejándose mecer por la música de las olas. «Hace casi veinte años que no venía a pasear por aquí…».

V. El inicio de la Despedida por Lo Prohibido

El día siguiente fue el más duro de todos. Entraron a la empresa al poco de amanecer y salieron bajo un cielo negro tintero. Doce horas de negociaciones a puerta cerrada, en la que se discutieron cláusulas, términos, condiciones de desembolso, vencimientos, tipos de interés, rentabilidades, márgenes, años de carencia, garantías, hipotecas, exenciones fiscales, tasas, costes reales de la financiación, capacidad de generación de divisas, swaps de marcos a dólares, requisitos legales, toma de participación, dividendos, capitalización de reservas, valor real de las acciones, pacto de recompra, mercado de capitales, revisión de estatutos.

Esa noche, su última noche en el Caribe, iba a ser difícil. Alfredo daba una fiesta en su casa por el Día de Acción de Gracias. Se puso sus mejores galas, un vestido largo negro, sencillo, pero elegante. Entró a su casa. Habían llegado ya muchos de los invitados. Alfredo fue presentándole a su tía, anciana dama con la que estuvo conversando un rato en árabe, a su padre, a una hermana que estaba casada con un alemán, a un hermano que estaba casado con una alemana, a unos vecinos, hasta que llegó a su esposa.

Samaná la miró a los ojos. Se sintió profundamente sorprendida de que ese instante, cuya sola evocación tantas pesadillas le había producido la noche anterior, no le resultara en absoluto difícil. Era extraño. No sentía nada. Al menos nada negativo. Aunque ese ser que se encontraba ante ella era el impedimento material que el destino había colocado entre ella y su alma gemela por esta existencia, se resignaba a su suerte. En el fondo sintió ternura por ella. Era tan delgadita, tan finita, que parecía pedirle clemencia al viento con su suave voz para que no la arrancara del lugar donde había echado sus raíces.

La cena transcurrió cargada de risas en una preciosa terraza iluminada por las llamas de las estrellas.

Al volver al hotel repitieron su juego por última vez. Ella subió con todos a las habitaciones, para bajar de nuevo a los pocos minutos. Subió a su coche y se miraron. Sus ojos estaban recubiertos de un halo de nebulosa tristeza. «Hacía años que no sentía lo que hoy. He sentido celos» le dijo Alfredo. Ella se sonrió. Gracioso, ella que era la que debería haber sentido celos, había pasado la noche intentando convertir su alma en un remanso de paz. En cambio, él, que lo tenía todo, sentía celos. Ella sabía perfectamente porqué. Al final de la noche, cuando casi todos los invitados habían partido ya y sólo quedaban los más trasnochadores apiñados en torno a una mesa, ella le había soltado una dulce broma a Matt y este, que estaba sentado junto a ella, le había rodeado suavemente los hombros con su brazo. Aunque no lo había hecho adrede, sintió como en carne propia el puñal de los celos clavarse en el corazón de Alfredo, aquel hombre que sentado frente a ella se alejaba lentamente envuelto en una nube para nunca volver.

Ha sido nuestra última cita a ciegas. A partir de ahora los ángeles del cielo te mantendrán alejado de mí. Jimaní, sabes que seguiré esperando hasta el final de los tiempos, pero, por favor, no tardes en volver a mí.

VI. El Hasta Pronto Sereno

Fue a la empresa a recoger los últimos documentos y despedirse de la gente. Entró al despacho del padre de Alfredo y este le dio un abrazo muy especial de despedida que adornó con un «vuelve pronto», directamente venido del corazón.

Alfredo la acompañó al coche. En sus manos llevaba una enorme caja y un libro, envueltos ambos en papel de regalo. «El libro es de la empresa. La caja de mi parte. Ten cuidado, que es frágil». Metió la caja en el coche, al tiempo que le decía al chófer: «Manuel, lleve a la señora primero al Mercado Modelo y luego al aeropuerto». Volvió a sacar el medio cuerpo del coche.  Tomó suavemente entre sus manos las mejillas de Samaná, las besó y tierna, muy tiernamente, deslizó sus labios hasta rozar los de ella…

Te entiendo. Gracias por dejarme saber que, aunque tu cuerpo no es libre, tu mente y tus sentimientos sí lo son y ellos siguen perteneciéndome en lo más profundo de tu Ser.

Manuel la paró en el mercado modelo y ahí estuvo comprando regalos y recuerdos de la Isla de las Mariposas: artesanía en barro, esculturas de caoba, instrumentos musicales para tocar merengue como maracas y tambores, piedras preciosas como el larimar y el ámbar… Luego regresó a la ciudad colonial, directamente a una pequeña tienda que había descubierto el domingo por la mañana y en cuyo trastero había encontrado, rebuscando entre los viejos óleos a precio reducido, un precioso cuadro. No podía volver a Europa dejándolo ahí. El cuadro la llamaba, le imploraba a través de los átomos del aire que lo llevara con ella, que él le haría compañía y la consolaría en sus días lúgubres con la mágica armonía que emitían sus colores.

Saliendo de la ciudad y a pocos kilómetros del aeropuerto quedaban los Tres Ojos. Había oído hablar tanto de la belleza del paraje que rogó a Manuel que se lo enseñara. No había contado con que había que pagar y había gastado en sus compras hasta el último peso. «No importa, yo la invito», dijo Manuel, «dos entradas, por favor» y entró con ella. Realmente, tras una semana en la isla, debería haber intuido de qué se trataba ¿qué podían ser los Tres Ojos? ¡cómo no! ¡cuevas! Se trataba de una enorme cueva circular, cuyo techo se había hundido hacía milenios, dejando al descubierto un círculo de aire por el que penetraba exultante la luz del día. Sus laterales seguían siendo viveros de estalactitas que perforaban la tierra en tres lugares. Esos tres ojos rebosaban agua cristalina, agua que brotaba poco a poco de las paredes y goteaba de los techos. La Tierra lloraba.

Gracias destino por haberme mostrado una vez más, antes de pasar definitivamente la página de esta existencia, el Lago Sagrado de la Gran Gruta. Volviendo aquí antes de partir entiendo que me estás susurrando al oído la profecía. El me besó hace eones junto a este lago. Ahora puedo capturar el beso que me dio esta mañana y, olvidando que espacio y tiempo existen, trasladarlo hasta aquí. El pasado se repite. Mi ciclo de búsqueda y espera vuelve a empezar.

 

Para que puedas compartir esta entrada en tus redes sociales:
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.